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La erosión silenciosa de la competitividad: cuando una empresa sigue creciendo, pero empieza a quedarse atrás

Brett Álvarez · Director de mercadotecnia y desarrollo de negocios 2 de septiembre de 2026 7 min lectura 209 vistas
La erosión silenciosa de la competitividad: cuando una empresa sigue creciendo, pero empieza a quedarse atrás

La competitividad no se pierde de un día para otro. Descubre cómo la baja productividad, los costos crecientes y la falta de adaptación pueden hacer que una empresa se quede atrás sin notarlo.

Una empresa no necesita estar perdiendo clientes para estar perdiendo competitividad.

Puede seguir vendiendo. Puede mantener una operación aparentemente estable. Incluso puede crecer en facturación y, al mismo tiempo, estar deteriorando lentamente su capacidad para competir.

Ese es uno de los mayores riesgos empresariales actuales: la erosión de la competitividad rara vez ocurre de golpe. Normalmente comienza con pequeñas ineficiencias que parecen manejables de forma aislada: procesos que tardan más, costos que aumentan, tecnología que se posterga, talento difícil de encontrar, infraestructura insuficiente, decisiones lentas o márgenes cada vez más estrechos.

El problema aparece cuando esas pequeñas diferencias se acumulan.

Mientras una organización mantiene la misma forma de operar, otra automatiza. Mientras una empresa absorbe mayores costos, otra rediseña procesos. Mientras una continúa vendiendo de la misma manera, otra utiliza datos para conocer mejor a sus clientes.

La competitividad, entonces, no se pierde únicamente cuando una empresa empeora.

También se pierde cuando mejora más lento que los demás.

México frente al problema de la competitividad

El entorno mexicano ofrece un ejemplo particularmente interesante.

México posee ventajas difíciles de replicar: ubicación geográfica, integración comercial con Norteamérica, una amplia base manufacturera y una posición privilegiada frente a la relocalización de cadenas productivas.

Pero una oportunidad estructural no necesariamente se convierte en productividad.

La OCDE señaló en 2026 que México no ha logrado cerrar la brecha de PIB per cápita frente a las economías más avanzadas y que la productividad se ha mantenido prácticamente estancada durante años. (OECD)

Un estudio de Banco de México sobre los primeros efectos del nearshoring encontró una paradoja similar: las industrias manufactureras más expuestas a la relocalización mostraron señales de creación de empleo, pero no una mejora consistente en productividad. (Banco de México)

Es una distinción importante.

Recibir más inversión no es lo mismo que volverse más competitivo. Crecer tampoco es sinónimo de aumentar productividad.

Los indicadores internacionales muestran además que la competencia continúa avanzando. En el World Competitiveness Ranking 2026 del IMD, México cayó siete posiciones y se ubicó en el lugar 62 entre 70 economías analizadas. El propio estudio destaca que, en el contexto global actual, instituciones confiables, reglas predecibles y capacidad de ejecución se están convirtiendo en factores cada vez más relevantes para competir. (IMD Escuela de Negocios)

La presión también puede observarse dentro del país.

El Índice de Competitividad Urbana 2026 del IMCO encontró que el crecimiento económico promedio de las ciudades evaluadas pasó de 4.1% a 2.4%, además de identificar desafíos persistentes en seguridad, instituciones y productividad. (IMCO)

Incluso Monterrey ofrece una lección interesante.

La ciudad permanece entre las zonas metropolitanas más competitivas de México y ocupa la quinta posición entre las ciudades de más de un millón de habitantes. Sin embargo, perdió posiciones relativas frente a ciudades que avanzaron más rápidamente.

No necesariamente porque Monterrey haya dejado de mejorar.

Sino porque otros mejoraron más. (IMCO)

Esa misma lógica aplica a las empresas.

¿Cómo comienza a erosionarse una empresa?

La primera señal suele ser financiera.

Los ingresos permanecen relativamente estables, pero producir cada peso de venta comienza a costar más.

Más energía.

Más horas de trabajo.

Más retrabajos.

Más inventario.

Más publicidad para conseguir al mismo cliente.

Más personas realizando tareas que podrían resolverse mediante mejores procesos o tecnología.

La organización sigue funcionando, pero cada vez necesita mayores recursos para conseguir resultados similares.

Es posible que durante algún tiempo los aumentos de precio oculten el problema. Pero trasladar permanentemente las ineficiencias al cliente tiene límites.

En algún momento aparece un competidor capaz de ofrecer mejor precio, mejor servicio, mayor velocidad o una experiencia superior.

Entonces lo que parecía un problema de ventas revela su verdadera naturaleza:

era un problema de competitividad.

La productividad vuelve a estar en el centro

Durante años, muchas organizaciones asociaron competitividad principalmente con costos laborales.

Hoy esa visión resulta insuficiente.

Una empresa competitiva no es necesariamente aquella que paga menos por producir. Es aquella que consigue generar más valor utilizando mejor sus recursos.

Esto involucra maquinaria, energía, capital, tecnología, información y talento.

Una planta industrial puede tener equipos funcionando todos los días y aun así desperdiciar recursos por fugas de aire comprimido, presión excesiva, mantenimiento reactivo o equipos sobredimensionados.

Una empresa comercial puede tener decenas de prospectos y perderlos porque nadie responde a tiempo.

Una organización puede invertir miles de pesos en publicidad mientras carece de un sistema que permita identificar qué campañas realmente terminan generando ventas.

Una oficina puede incorporar inteligencia artificial y continuar teniendo exactamente los mismos procesos, solo que utilizando una herramienta nueva.

Tecnología sin rediseño operativo no necesariamente genera productividad.

La OCDE ha insistido precisamente en la digitalización como una de las vías para elevar la productividad mexicana, mientras que sus investigaciones sobre pequeñas y medianas empresas muestran que las herramientas digitales pueden mejorar eficiencia y acceso a mercados cuando su adopción está acompañada por capacidades, procesos y habilidades adecuadas. (OECD)

La deuda operativa también existe

En tecnología se habla frecuentemente de “deuda técnica”: decisiones rápidas que resuelven un problema hoy pero generan dificultades en el futuro.

Las empresas acumulan algo parecido.

Podríamos llamarlo deuda operativa.

Es el proceso que “siempre se ha hecho así”.

El archivo de Excel que solamente una persona sabe utilizar.

La cotización que tarda dos días porque requiere cinco autorizaciones.

El mantenimiento que solamente ocurre cuando una máquina deja de funcionar.

La información comercial distribuida entre WhatsApp, correos y hojas de cálculo.

El cliente que depende de recordar quién debe darle seguimiento.

La maquinaria cuyo consumo energético nunca ha sido medido.

Ninguna de estas situaciones necesariamente provoca una crisis inmediata.

Pero juntas incrementan costos, reducen velocidad y hacen más difícil escalar.

Mientras tanto, organizaciones con procesos más simples pueden reaccionar más rápido ante cambios en el mercado.

Ahí comienza la erosión.

El riesgo de confundir actividad con competitividad

Una empresa puede estar extremadamente ocupada y ser poco productiva.

Puede realizar cientos de tareas sin saber cuáles realmente generan valor.

Puede tener reuniones constantes sin mejorar su velocidad de decisión.

Puede lanzar campañas permanentemente sin conocer su tasa real de conversión.

Puede comprar tecnología sin medir el retorno.

Puede incrementar personal para resolver problemas que en realidad requieren rediseñar procesos.

Por eso una evaluación de competitividad debería comenzar con preguntas distintas a “¿cuánto estamos vendiendo?”.

¿Cuánto cuesta generar cada peso de ingreso?

¿Cuánto tiempo tarda una oportunidad en convertirse en cliente?

¿Cuánto desperdicio existe dentro de la operación?

¿Cuántas tareas dependen todavía de procesos manuales?

¿Cuánta energía se consume por unidad producida?

¿Cuántos clientes vuelven?

¿Cuánto tiempo tarda la empresa en reaccionar frente a un problema?

¿Cuánto de la rentabilidad proviene realmente de eficiencia y cuánto de simplemente aumentar precios?

Estas métricas permiten observar algo que el estado de resultados puede tardar meses o años en mostrar.

Competir significa construir capacidad

La discusión sobre competitividad suele concentrarse en factores externos: infraestructura, regulación, seguridad, energía, acceso a talento o condiciones económicas.

Todos son importantes.

El IMCO, por ejemplo, identifica infraestructura, mercados laborales, seguridad e innovación entre los elementos necesarios para que las regiones mexicanas atraigan y retengan talento e inversión. Su Índice de Competitividad Regional 2026 advierte además que ninguna región del país cuenta todavía con condiciones óptimas simultáneas en infraestructura y seguridad para retener inversión. (IMCO)

Pero esperar a que el entorno sea perfecto tampoco constituye una estrategia empresarial.

Las organizaciones tienen otro frente de acción: construir capacidad interna para operar mejor dentro del entorno existente.

Significa medir.

Automatizar donde tenga sentido.

Eliminar procesos innecesarios.

Reducir desperdicios.

Desarrollar talento.

Optimizar consumo energético.

Utilizar datos para decidir.

Fortalecer procesos comerciales.

Invertir en mantenimiento preventivo.

Construir relaciones con proveedores.

Diversificar riesgos.

Y revisar constantemente si la forma en que la empresa genera valor sigue teniendo sentido.

La competitividad no se conserva: se renueva

Probablemente esta sea la idea más importante.

Una ventaja competitiva no es permanente.

Una buena ubicación puede perder relevancia si la infraestructura se satura.

Una operación eficiente puede quedar atrás frente a nueva tecnología.

Una marca reconocida puede deteriorarse si cambia la expectativa del consumidor.

Una empresa con abundante talento puede perderlo si deja de ofrecer oportunidades de desarrollo.

Un modelo comercial exitoso puede volverse obsoleto cuando aparecen nuevas formas de comprar.

Por eso la competitividad debe entenderse menos como una posición y más como una capacidad de adaptación.

La pregunta no es solamente:

“¿Somos competitivos hoy?”

La pregunta realmente importante es:

“¿Estamos desarrollando capacidades más rápido que el entorno y nuestros competidores?”

Porque la erosión de la competitividad empieza mucho antes de que desaparezcan las ventas.

Empieza cuando dejamos de medir.

Cuando normalizamos las ineficiencias.

Cuando dejamos para mañana la modernización.

Cuando confundimos crecimiento con productividad.

Y cuando asumimos que aquello que nos permitió competir ayer seguirá siendo suficiente mañana.

En KIRP creemos que la competitividad empresarial se construye conectando estrategia con ejecución: entendiendo el mercado, midiendo la operación y transformando información en decisiones.

Porque en un entorno donde empresas, ciudades y países compiten permanentemente por capital, clientes y talento, mantenerse igual puede ser otra forma de retroceder.


Sobre el autor

Brett Álvarez

Brett Álvarez

Director de mercadotecnia y desarrollo de negocios

Temas: Marketing Grupo KIRP
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